En el siglo XVII, al fugarse de los sitios de esclavización, las mujeres negras llevaban consigo semillas ocultas entre las trenzas hechas en sus cabellos. Así lograron sembrar sus huertos en nuevas tierras para alimentar a los suyos. En sus peinados cargaban un pedacito de resiliencia, narra Johana Bastidas sobre sus ancestras, pues las plantas que harían crecer garantizarían la sostenibilidad y la soberanía alimentaria de ellas y de sus familias en aquellos tiempos difíciles.

“Por eso para nosotras la tierra, el territorio y los recursos significan la vida”, dice Bastidas, integrante del consejo técnico y del equipo de Desarrollo Sostenible de la Asociación de Mujeres Afrodescendientes del Norte del Cauca (ASOM), quienes luchan por garantizar el reconocimiento y la tenencia de las tierras para las mujeres.

Hoy en día, Bastidas es una de las 230 mujeres afrocolombianas que, a través de distintas actividades ligadas a la producción agropecuaria, la conservación de suelos y de fuentes hídricas, no sólo han creado alternativas alimentarias y económicas comunitarias, sino que replican y conservan las prácticas ancestrales que aprendieron de aquellas mujeres para que no se pierdan con el tiempo.