Tres años después del estallido del conflicto en Sudán, la violencia sexual contra mujeres y niñas se ha consolidado como una de las tácticas más brutales y persistentes de la guerra, mientras el número de víctimas que necesitan asistencia no deja de crecer en medio de un colapso casi total de los servicios básicos.

“Las mujeres y las niñas están siendo violadas y asesinadas en sus hogares, y también mientras huyen o buscan alimentos, agua y atención médica. El uso de la violencia sexual se ha integrado en el modelo de la guerra en Sudán“, ha afirmado la Directora Regional de ONU Mujeres para África Oriental y Meridional, Anna Mutavati.

El número de mujeres y niñas que requieren apoyo tras sufrir violencia de género se ha cuadruplicado desde el inicio del conflicto en abril de 2023 y casi se ha duplicado en los dos últimos años, según el informe Tres años de guerra: mujeres sudanesas en la primera línea de los esfuerzos humanitarios y de construcción de paz locales, de ONU Mujeres.

Desde que estalló el conflicto en abril de 2023, los informes de violencia sexual no han dejado de aumentar, alcanzando en este 2026 niveles alarmantes. Tanto en la capital, Jartum, como en la castigada región de Darfur, las violaciones en grupo, los secuestros con fines de esclavitud sexual y las agresiones selectivas se utilizan para castigar a grupos étnicos específicos o para forzar el abandono de hogares y tierras.

Lo más doloroso de esta realidad es que la violencia no termina con la agresión. Las supervivientes en Sudán se enfrentan a una triple tragedia:

  • El estigma social: En muchas comunidades, las víctimas son repudiadas, lo que las condena al aislamiento y la miseria.
  • El colapso sanitario: Con la mayoría de los hospitales destruidos, acceder a la anticoncepción de emergencia o a tratamientos preventivos contra enfermedades de transmisión sexual es prácticamente imposible.
  • La ausencia de justicia: En un estado de caos absoluto, los perpetradores actúan con la seguridad de que no habrá tribunales que los juzguen.

Darfur: el epicentro del horror étnico

La situación en Darfur merece una mención aparte. Aquí, la violencia sexual se entrelaza con una limpieza étnica que recuerda a los peores episodios de principios de siglo. Las RSF y sus milicias aliadas han sido señaladas repetidamente por utilizar la violación como una herramienta de “limpieza”. El objetivo es claro: destruir el sentido de identidad y la cohesión de las familias para asegurar que nunca regresen a sus aldeas.

La transparencia informativa en estas zonas es extremadamente difícil debido a los cortes de internet y el acoso a periodistas, pero los testimonios que logran salir dibujan un paisaje de terror donde las niñas de apenas doce años no están a salvo ni en sus propios hogares.

La respuesta de una comunidad internacional distraída

A pesar de la magnitud de las atrocidades, Sudán sigue siendo, en gran medida, una guerra olvidada. En este 2026, donde el foco geopolítico se desplaza constantemente, la crisis sudanesa compite por atención con otros conflictos más cercanos a Occidente. La ONU y diversas ONGs han alertado de que los fondos destinados a la protección de mujeres y niñas en Sudán son insuficientes para cubrir ni una fracción de las necesidades reales.

La violencia sexual en Sudán no es una consecuencia de la guerra, es la guerra misma escrita sobre el cuerpo de las mujeres para garantizar que el enemigo nunca se recupere.

La falta de corredores humanitarios seguros impide que la ayuda llegue a las zonas más remotas, dejando a miles de mujeres a merced de sus agresores. La comunidad internacional, más allá de las declaraciones de condena, no ha logrado establecer mecanismos de protección efectivos ni presiones diplomáticas que detengan esta táctica de combate.

El deber de no olvidar

Una noticia como esta nos obliga a confrontar lo más oscuro de la condición humana. Tres años de conflicto en Sudán han demostrado que, cuando la ley desaparece, la violencia de género se convierte en la herramienta predilecta del autoritarismo y el odio.

Reconocer la violencia sexual como un crimen de guerra es el primer paso, pero el segundo debe ser la acción. Sudán necesita que el mundo deje de mirar hacia otro lado y exija responsabilidades. El silencio solo sirve como combustible para que el arma más cruel de esta guerra siga cobrándose víctimas en la sombra.